– Me da vergüenza decir que soy atea.
– ¡Anda! ¿por qué? Si yo también soy atea.
– Ya, claro, pero es que tu no eres musulmana.
– Si eres atea tampoco eres musulmana.
– Si, claro, pero es que está muy mal visto que yo lo diga.
– ¿Está mal visto?
– Bueno, para los musulmanes sí, por supuesto,
– ¿Por supuesto?
– Claro, se supone que los musulmanes nacemos y morimos musulmanes. Por eso digo que soy laica.
– ¿Pero ¿es lo mismo?
– Bueno, no es lo mismo pero la gente cree que sí, y si digo laica en lugar de atea parece que es más suave, no sé… lo veo menos comprometido.
– Pero ¿qué más te da? Total, en Europa no está mal visto.
– Sí, pero en mi comunidad y en mi familia sí; puedo perder a mi familia si lo digo abiertamente.
– Pero si tu familia te rechaza por ser atea es que no te quiere mucho, ¿no?
– ¡Claro que me quieren, y yo a ellos!
– A ver, yo como europea no puedo entender eso, ¿te echan a la calle por decir que eres atea y tu sigues queriéndolos?
– Por supuesto. Son mis padres, mis hermanos, mi familia.
– Ya, puedo entender que tú sí los quieras, que los eches de menos, pero ellos a ti como te van a querer si te excluyen de sus vidas?
– Bueno, tú no lo entenderías, no sabes lo fuerte que es el vínculo familiar en una familia musulmana, por ejemplo yo aún siendo atea me pongo el hiyab para que mi madre no se disguste.
– ¡Ostras!, ¿pero eso cómo te hace sentir?
– Pues muy mal, me siento una mentirosa, me miento a mí y miento a la gente que quiero. No soy feliz, creo que ellos tampoco.
– ¿Pero se lo has dicho?
– Se lo insinué una vez a mi madre.
– ¿Y qué te dijo?
– Ufff, se puso a gritarme como una loca, y a llorar, me dijo que ella iría al infierno por mi culpa.
– ¿En serio?
– Sí, desde entonces ya no digo nada, ¡me montó un drama! Y yo no puedo verla así, la quiero mucho.
– Pero a ver, ella te obliga a llevar el hiyab, y a llevar una vida que no quieres.
– Lo sé, lo sé, pero es mi madre, ella no tiene la culpa de ser así, ella también ha sufrido mucho.
– ¿Y entonces?, ¿qué harás?
– Pues no sé…estoy estudiando, cuando termine me buscaré un curro y a ver si puedo hacer mi vida, pero esto no va a ser fácil, desde que se lo dije pone la radio con suras del Corán a todo volumen y no me deja ir a la biblio.
– Menudo infierno ¿no? ¿Y tu padre?, ¿él tampoco lo entendería?
– Mi padre… sería peor, él no se mete mucho con nosotras, no opina mucho de nuestras cosas, pero vamos, si en casa no puedo decir que me duele la regla porque mi padre y mis hermanos varones no pueden enterarse porque ¿sabes? Eso es como una cosa secreta y asquerosa de mujeres…
– ¡No me digas!…
– Te lo digo, es de risa ¿verdad? Bueno, no es de risa que en ramadán muchas veces me tengo que meter en mi habitación a comer para que no me vean.
– ¿Pero eso pasa en todas las familias musulmanas?
– En todas no, pero es que la mía y la de muchas amigas mías tienen el coco comido, antes no eran así, fijate, mi madre antes no llevaba hiyab, se lo puso cuando vino a España y se casó con mi padre.
– Menudo cambio…
– Sí. Yo no quiero esto para mis hermanas pequeñas, por eso voy a tener que ser yo la que les abra camino, pero me está costando mucho.
– Vaya…¿y yo puedo ayudarte en algo…?
– Claro que puedes.
– ¿Sí? ¿Cómo?
– ¿Recuerdas cuando en clase tú y las demás os ponéis a decir… qué bonito hiyab llevas hoy, qué guapa estás, un día de estos me pongo uno porque te sienta muy bien? Que yo no sé si lo decís por quedar bien o porque realmente lo pensáis…
– No, no… lo decimos de corazón.
– ¡Pues no lo digas! Nunca se lo digas a nadie, porque eso es lo que nos dicen a nosotras para convencernos y que nos lo pongamos y tú no sabes lo que pesa este hiyab en el alma cuando no quieres llevarlo, no sabes a lo que te obliga, o ¿por qué te crees que yo no voy a la playa en verano con vosotras?
– Tú dijiste que porque no te gustaba…
– ¿Y qué quieres que te diga? ¿que no puedo? Eso también me da vergüenza decirlo.
– Vaya… ¿y por eso no te vienes con nosotras a esas fiestas que organizamos por la noche?
– ¡Pues claro! Si mis padres se enteran de que voy con chicos a una fiesta ya me habéis visto el pelo! Jajajaja, es un decir porque nunca me lo veis…
– ¿Pues sabes? Tengo que hablar con las amigas, la verdad es que yo teniéndote tan cerca nunca había pensado en estas cosas, y mira que hace años que somos compis de insti. No sé, como se te ve siempre bien… al final esto de las clases de mates extra han servido para que nos conozcamos más.
– Bueno, tampoco le digas a todo el mundo que soy atea, ya sabes que me da vergüenza y no quiero estar dando explicaciones.
– No, no, te prometo que no se lo digo a nadie.
– Vale, me ha gustado mucho hablar contigo hoy.
– Y a mí también, ya tengo las cosas más claras, es que no tenia ni idea…
– Pues ya la tienes.
– Sí, y te ayudaré en todo lo que pueda.
– Gracias, me hará mucha falta, porque ya verás como un día de estos me dé la pájara y le diga a mi madre que soy lesbiana…!

 

Mimunt Hamido Yahia

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Un comentario sobre “Vergüenza

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