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Criticar los círculos de poder del islam fundamentalista es prácticamente un tabú hoy día. Tanto en los países que se declaran oficialmente islámicos, como en Europa, que ha acuñado el término de “islamofobia” para blindar a los fundamentalistas contra sus detractores.

En casi todos los países islámicos, los regímenes utilizan el islam para legitimar su poder y yugulan todo debate sobre el papel de la religión en la vida pública, incluso cuando admiten críticas políticas en otros aspectos. Declararse atea no figura como delito en la legislación de países como Marruecos, Túnez o Egipto, pero se trata como si estuviera prohibido, al igual que cualquier otra opinión que cuestione las leyes que fuerzan la aplicación de normas islámicas en el espacio público. No hay libertad en el islam mientras la policía persiga a quien discuta la fe.

En Europa, la palabra “islamofobia” no se utiliza solo para describir actos racistas dirigidos contra musulmanes – lógicamente delito, porque el racismo lo es – sino también toda crítica al islam como religión, a sus mandamientos ortodoxos o a las normas más severas promulgadas en los últimos años por sus teólogos. Se permite criticar – con razón – el poder de la Iglesia cristiana, pero se impide a toda costa extender esta crítica a los círculos de poder islamista.

Cuando nosotras, mujeres nacidas bajo leyes que se declaran “islámicas”, criticamos la represión patriarcal justificadas por estas normas, nunca faltan europeos, a menudo personas que nunca han visto de cerca un país islámico ni un gueto dominado por integristas en Europa, que nos tachan de “islamófobas” y nos exigen callar para no agredir a “los musulmanes”. En la prensa y televisión se invitará a defensores del islam político, habitualmente imames o mujeres que mediante el velo exhiben su adhesión a la corriente fundamentalista. Nunca a quienes se oponen al poder de la Mezquita.

No callaremos: denunciar el  poder que ejercen los círculos de poder religiosos, criticar las normas que intentan promover, expandir, imponer, no es atacar a los musulmanes. Es defender a los musulmanes, y sobre todo a las musulmanas, contra sus opresores.