Fotograma de la película ‘La fuente de las mujeres’

Dentro del hammam, las mujeres completamente desnudas se frotaban enérgicamente, se miraban descaradamente. Yo no pude quitarme mi braguita, me sentía realmente intimidada, envidiaba a mi prima paseándose orgullosa de su cuerpo.

Antes de salir, mi madre me dijo que tenía que cubrirme la cabeza, un velo blanco debajo, otro de colores encima. Por alguna extraña razón no podíamos salir con el pelo mojado en pleno verano.

Al salir a la medina vestida con aquel velo y la chilaba prestada de mi prima sentía que iba un tanto disfrazada, como cuando corres bajo la lluvia cubierta con cualquier cosa, como cuando llevas unas gafas de sol enormes y sientes que nadie puede reconocerte, justo así era la sensación. Mi pelo cubierto, mi cabeza escondiéndose. La única parte de mi cuerpo que consideraba realmente valiosa ocultada por primera vez en mi vida.

Al llegar a casa, todos mis familiares empezaron a colmarme de halagos. Decían que estaba bellísima, que me quedaba genial, incluso tenía un brillo especial en la cara. Corrí a mirarme al espejo. A mí no me gustaba pero les había gustado a ellos. Tenía un doble sentimiento. Su orgullo o el mío.

Solo fue un día, solo fue por llevar el pelo mojado, solo fue aquel verano… Si se hubiera repetido la situación estoy segura de que me habría puesto un hiyab. Habría vuelto a Madrid contándoles a todas mis amigas que todo había sido una decisión propia, que así me sentía más valorada.

¿Por qué hablaban de ello como algo tan divino y valioso?, ¿solo era un cachito más de tela, no?, ¿por qué le daban tanta importancia?

Cuando hay alguna celebración, la mayoría de las mujeres de mi familia corren a los salones de belleza a hacerse peinados maravillosos y maquillajes excesivos. A la mínima que hay cualquier fiesta se deshacen del velo, lucen orgullosas sus cabezas. Al principio me parecía exagerado, pero luego entendí que era la única oportunidad que tenían para ser ellas mismas.

La oportunidad de pasearse orgullosas al igual que en el hammam. Sentirse espléndidas, bailar sin importar la edad, sin importar el ruido, hacer los cánticos, gritar y dar palmas.

Digamos que comencé a comprender: cuando la mirada de los hombres desaparecía, aparecía su oportunidad.

Miraba las fotos juveniles de mi madre: todas sus amigas aparecían sin velo; ahora la mayoría de ellas lo llevaban orgullosas, moralmente se sentían superiores. Algo había cambiado en esos años.

Hablan de moral, de religión, de ser buenas creyentes… pero las mujeres musulmanas solían ir descubiertas. En la medina también se sentían poderosas; incluso en las cafeterías, ahora atestadas de hombres, se sentaban con gusto. La mirada del hombre no era una limitación. ¿Acaso nuestras antepasadas no eran musulmanas?

Hablan de libre elección, pero se trata de un cambio social, algo que está de moda. Está de moda hacer ver lo santa que eres. Está de moda juzgar, rechazar y condenar a cualquiera que se atreva a sentirse todos los días como en un hammam o en una boda. Sentirse radiante para una mujer es haram. Así lo han decidido ellos y su mirada.

Todas las hijas de inmigrantes musulmanes somos conscientes de ello. Crecimos en confusión, en medio de dos culturas. Nos ha costado mucho decidir entre agradarles a ellos o agradarnos a nosotras. Algunas no tienen ni siquiera la opción.

El velo está aquí para mostrar el control religioso que se ejerce sobre la mujer en la esfera pública. Simboliza esa mirada que las vigila constantemente. Han conseguido darle ese enorme poder a un pedazo de tela.

Cada mujer velada es alguien que no puede aguantar el qué dirán tóxico, agobiante y familiar que desde siempre nos ha perseguido.

Cada mujer velada es alguien que simplemente no ha querido defraudar a su familia.

Cada mujer velada es alguien cuya fe ha sido manipulada.

Cada mujer velada es por decisión propia una mujer liberada del juicio moral de la sociedad musulmana. He escrito la palabra liberada, ¿entiendes está nueva dimensión de libertad que se han inventado?

Una mujer velada está dispuesta a revolucionar la ética de la laicidad. Revolucionarias en contra de lo occidental: estos infieles colonizadores no saben nada sobre nosotras, ¿entiendes está nueva dimensión de revolución que han creado?

Yo misma podría haber sido otra velada más pero nunca regresé a ese hammam. ¿Para qué regresar cuando podía llevar conmigo esa libertad? Convertí todo los lugares en hammam, ninguna mirada me limitaría jamás. Valoré mi cabeza mucho más y la muestro con orgullo desde entonces.

La ideología que en las situaciones diarias más tontas se cuece es mucho más peligrosa que cualquier imam radicalizado.

 

Dina O. Arifi, estudiante de Medicina y madrileña.

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2 comentarios sobre “La ideología del hammam

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